Convención Constituyente y las señales

10 constituciones ha tenido Chile, la mayoría concentradas en los albores de la República –1811, 1812, 1814, 1818, 1822, 1823 y 1828-. La de 1833, más madurada, tuvo larga vida, igual que la de 1925.

Un intento fallido en 1926 no vio la luz. La “última”, de 1980, tuvo 58 modificaciones el 2005, tan profundas que se le llamó “La Constitución de Ricardo Lagos”.

Chile, salvo episodios contados, ha gozado más que ningún otro país de Latinoamérica de cierta estabilidad a lo largo de los dos siglos de historia republicana. Y ha sido gracias, entre otras cosas, a reglas del juego para la convivencia social más o menos estables, que dan certeza y seguridad de lo que es y significa ser chileno y/o vivir en Chile.

Una Constitución duradera, representativa, que considera la voz de todos y que vela por el bien común y de todos los sectores sociales, productivos, religiosos, culturales, en sintonía con la historia y la costumbre, es garantía de paz social y prosperidad. Pero debe ser gestada también bajo normas claras, transparentes, como se hace en democracia, en irrestricto apego al estado de derecho.

Traigo esto a colación porque el proceso actual puede ser catastrófico si se conduce mal, y desgraciadamente la Convención Constituyente partió con el pie izquierdo.

Lamento profundamente el curso de los acontecimientos con que partió la Convención, así como me preocupan las señales, confusas algunas, alarmantes otras, que se han venido dando en los días sucesivos. La Nueva Constitución debe hacerse en diálogo y democracia. Los desmanes, presiones por la fuerza y la violencia no deben tener espacio.

Los constituyentes están con cronómetro corriendo para redactar la carta fundamental. No para otra cosa. No es un nuevo poder. No es un órgano autónomo ni soberano. No es ni un gobierno, ni un tribunal ni un Congreso paralelo. No debe por tanto tolerarse la intromisión en cosas distintas a lo que los convoca.

Que la pega se haga sin más demoras, dentro de los plazos y normas que se fijaron, es el mandato ciudadano. Por el bien de Chile y por lo que está en riesgo, yo espero que en los días sucesivos un proceso tan relevante como éste, se base en el diálogo, consensos, generosidad y sobre todo, en mucho sentido común.

Bernardo Berger Fett
Diputado de la República